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abril 24, 2013

la intermitencia...

¿El lugar más erótico de un cuerpo no es acaso allí donde la vestimenta se abre? [...] Es la intermitencia, como bien lo ha dicho el psicoanálisis, la que es erótica: la de la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pullover), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición […].

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—Roland Barthes [El Placer del texto]

 

abril 17, 2013

la mesa del balcón...

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La mesa del balcón, cuento de Amélie Olaiz

 

Pedí la mesa del balcón, nuestro lugar favorito. He desarrollado un gusto agridulce por ese sitio. Quizá porque sentada ahí rescato un poco de nosotros; de ese dulce nosotros que cuando no estoy contigo pertenece al agridulce presente.

Llegué sola con tu libro y me senté a releer un cuento, recomendación tuya, por supuesto. Era el relato que hablaba del vacío ¿lo recuerdas? No me preguntes el nombre del cuento, tampoco el del autor, después de tanto leer me han quedado lagunas. La historia la tenía más o menos clara, pero quise leerla de nuevo porque siempre descubre uno detalles que la mente no registró en las primeras lecturas.

Al abrir las páginas, me percaté de algo que venía sucediendo sin que tomara conciencia: las letras se han gastado por la frecuencia con que mis ojos las recorren. Ahora mismo es tan tenue la tinta que dudo poder terminar de leerlo. Quizá sea la última vez que lo haga. Generalmente no regreso a ver las palabras que van quedando atrás. No lo hago porque dicen que es un defecto de la vista que entorpece la lectura.

Puedes comprobar esto abriendo un pequeño orificio en el periódico de cualquier lector. Procura hacerlo en el centro del papel y asegúrate que sea entre dos cajas tipográficas para no molestar demasiado con el experimento. No es agradable leer si faltan letras. Observa por ese orificio los ojos lectores, te darás cuenta como regresa la vista en un movimiento mecánico, como si los ojos quisieran reconfirmar lo leído.

Bueno, como te iba diciendo, he entrenado mis ojos para eliminar ese retroceso innecesario y evitar pérdidas de tiempo. Pero hoy, por la impresión del descubrimiento, me dediqué a revisar. He regresado dos páginas y constaté que las palabras leídas se están destiñendo. Lo puedo afirmar porque sobrepuse las hojas que leo ahora a las que leí hace rato y existe un notable cambio en la intensidad de la tinta. Pronto no tendré alternativa y sólo restará confiar en mi memoria. Creo que los recuerdos funcionan igual, van perdiendo nitidez y terminamos por recordar lo que se nos da la gana y no lo que fue.

Para reconfirmar esto leí despacito y regresé renglón por renglón. Tuve que parar de hacerlo porque la zona que releí quedó en blanco. Es increíble, pero mis ojos, como gomas, desgastaron lo escrito. El cuento se está borrando. ¿Cómo te lo puedo devolver así?

Siento una extraña angustia y empiezo a leer con desesperación, como si la plaga desintegradora de textos viniera persiguiendo a mis ojos. Devoro las letras, invadida por un miedo absurdo: pensar que nuestra historia también se borra.

Me pregunto si tengo antecedentes de un caso similar, esas referencias ayudan para recuperar la calma, pero no, no encuentro un recuerdo claro que me dé el acicate para detener la angustia.

Tú sabes que no existen las casualidades, lo hemos comentado, por eso recorro con la memoria detalles de la historia de los personajes y pienso que se parecen a ti y a mí, aunque creo que, a diferencia de ellos, tú y yo somos continuidad. Tu pensamiento y el mío, por alguna extraña razón, se complementan. Uno inicia y el otro continúa para seguir y seguir, sin importar el orden o el desorden del universo que nos place pervertir.

Qué sé yo, quizá es que somos tan parecidos que podemos fluir en una adicción continua a las ideas y su contemplación.  Tal vez por eso te extraño ahora.

Vuelvo a mirar las letras y me pregunto ¿qué le está pasando al libro? o ¿qué me pasa a mí? o ¿qué pasa contigo y con los recuerdos?

Desvío la vista del libro para verificar que el mundo sigue girando. Un cilindrero pasa bajo el balcón. Miro la manivela girar con la misma fluidez que la vida. Un rechinido interrumpe la armonía. El cilindrero se queda con la manivela en la mano. Presiento algo extraño, como si la realidad estuviese a punto de colapsarse y pienso que es momento de decidir. Puedo negar todo lo que sucede, cerrar el libro y pedir a ese músico callejero que suba al balcón para dar cuerda a la nostalgia, para consentir y compadecer mi carencia con la música del cilindro mientras me enternezco por mi capacidad de sentir un afecto como este. ¡No! Me niego. Sería demasiado aburrido volver al pasado, tanto como reconfirmar lo leído.

Miro hacia el edificio de enfrente y veo a Teófilo que sale por el agujero de su habitual morada estirándose como si acabara de despertar. Abre los ojos al sentir la luz, pero en ese mismo instante empieza a desaparecer, y no es que regrese por donde vino, es que la punta de la cola ha desaparecido y el fenómeno sigue por el resto del cuerpo hasta que sólo queda su cabeza. Vuelve sus ojos hacia mí y al establecer contacto visual, ¡puaff!, el gato se esfuma, no hay más. El felino no está, pero tampoco la cornisa por donde caminaba, ni el agujero de donde salió, ni el muro que lo circundaba. El edificio colonial se diluye en el vacío como si fuera una gelatina de mamey al sol. Se derrite poco a poco hasta que sólo queda vapor con un ligero tono rosado que pasa frente a mí y sube rumbo al infinito.

Caigo en la cuenta de que el sitio donde está nuestro balcón puede estar padeciendo el mismo fenómeno. Al recargarme sobre el barandal un movimiento rápido y brusco hace que sienta inseguridad. Observo hacia abajo y me percato que, en efecto, el muro que sostiene el balcón ha desaparecido, estoy suspendida en el vacío con las manos aferradas a una barandilla de hierro forjado que se funde, de abajo hacia arriba, en la nada.

No puedo perder un minuto más. Recojo tu libro de la mesa, que ya ha perdido las patas, y lo cierro. Estoy consternada pero decidida. Camino, sobre un piso que ya no existe, rumbo a la salida de lo que fue nuestro restaurante favorito, bajo las escaleras ausentes y salgo a una calle que es nada.

En el vacío dejo de angustiarme y camino con tranquilidad. Pienso que, dadas las circunstancias, no importa tanto llevar un libro en blanco bajo el brazo.~

 

Amélie Olaiz


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abril 11, 2013

ángeles de las marquesinas...

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Ángeles de las Marquesinas, cuento de Rubem Fonseca


Paiva seguía despertándose temprano, como lo había hecho durante los treinta años que trabajó sin parar. Podría seguir trabajando algún tiempo más, pero ya había ganado dinero suficiente y pretendía viajar con su mujer, Leila, para conocer el mundo mientras aún tenía salud y vitalidad. Un mes después de su jubilación compraron los boletos de avión. Pero la mujer murió de un mal repentino antes del viaje, dejando a Paiva solitario y sin planes para el futuro. Paiva leía el periódico por la mañana y después salía, ya que no podía quedarse en casa sin hacer nada. Además, la nueva sirvienta lo molestaba constantemente preguntándole si podía tirar objetos viejos, inútiles que se habían ido acumulando durante años; hacía ruidos irritantes al arreglar la casa y cuando Paiva entraba en la cocina –lo cual evitaba hacer-, la encontraba acompañando con voz desentonada una canción popular trasmitida por la radio, que dejaba prendida todo el día. Ya tampoco soportaba mirar hacia el mar, aquella masa de agua aburrida, aquel horizonte inmutable que se descubría desde la terraza de su apartamento. Muchas veces salía de casa sin saber a dónde ir, se sentaba en la banca de la plaza Nossa Señora da Paz y observaba a los feligreses de la iglesia de enfrente, que se retiraban en grupo de la misa. No lo haría, no se volvería un mocho ahora de viejo. No había tenido hijos con Leila y había descubierto demasiado tarde que no tenía amigos, sólo colegas de trabajo que no quería ver después de haberse jubilado. No extrañaba la convivencia, sentía falta de alguna ocupación, ansiaba hacer alguna cosa, tal vez usar el dinero que tenía para ayudar a los demás. Conocía la historia de tipos que se jubilaban y se quedaban felices en su casa, leyendo libros y viendo videos, o que ocupaban su tiempo llevando a los nietecitos a comprar un helado o a pasear en Disneyworld, pero no le gustaba leer ni ver películas, nunca se había acostumbrado a eso. Otros entraban en asociaciones filantrópicas, se dedicaban a trabajos humanitarios. Lo habían invitado a colaborar con una asociación que mantenía un asilo de ancianos, pero la visita al asilo lo había deprimido mucho. Se necesitaba ser joven para trabajar con viejos. También estaba aquellos jubilados que no soportaban la inactividad y se morían tristes y enfermos. Pero él no estaba enfermo, tan sólo triste, y su salud era muy buena.

Siempre que iba a deambular por las calles. Paiva se encontraba gente sin sentido tirada en la banqueta. Durante muchos años había ido de la casa al trabajo en un automóvil con chofer; con seguridad aquel cuadro ya existía desde antes, pero él simplemente no lo había notado. Ahora sabía, gracias al sufrimiento que la muerte de su mujer le ocasionó, que el egoísmo le había impedido ver el infortunio de otros, Era como si el destino, que siempre lo había protegido, le señalara ahora un nuevo camino, convocándolo a ayudar a aquellos desgraciados a quienes la suerte había abandonado de forma tan cruel. Algunos debían estar enfermos, otros drogados, otros no tenían donde dormir y dormían, seguramente con hambre, sin importarles los transeúntes; uno pierde con facilidad la vergüenza cuando se ve privado de todo. No había nadie tan abandonado como un pobre diablo sucio y cubierto de andrajos, tirado sin sentido en la acera. En cierta ocasión, caminando por las calles al anochecer, vio a un hombre acostado en el suelo, bajo la marquesina de una sucursal bancaria. Los desamparados parecían preferir como refugio nocturno las marquesinas de las sucursales bancarias, tal vez porque, por alguna razón, los gerentes de los bancos se sentían incómodos si los expulsaban. Los transeúntes fingían por lo general no darse cuenta de un adulto o de un niño en aquella situación, pero esa noche dos personas, un hombre y una mujer, estaban diligentemente inclinados sobre el cuerpo abandonado, como si intentaran reanimarlo. Paiva notó que lo que pretendían era levantarlo del suelo, lo cual hicieron con habilidad, llevándolo en brazos hacia una pequeña ambulancia. Después de mirar la ambulancia, Paiva permaneció un tiempo en el lugar, pensativo. Haber presenciado aquel gesto de caridad lo había animado, algo, aunque modesto, se estaba haciendo, alguien se preocupaba por aquellos infelices.

Al día siguiente Paiva salió y anduvo por las calles mucho tiempo, buscando a las personas de la ambulancia; quería ofrecerse para colaborar en el trabajo que realizaban. No podría ayudar cargando a esos infelices abandonados por la suerte, no tenía ni disposición ni habilidad para ello, como los anegados que había visto aquella noche, pero podía, además de dar dinero, ser útil en alguna actividad administrativa. Debía haber lugar para alguien experimentado como él, en aquel grupo de voluntarios que él llamaba Ángeles de las Marquesinas, ya que había sido bajo una marquesina que tuvo lugar el gesto de solidaridad del que había sido testigo. Y todas las noches salía de su casa en peregrinación. Halló a varias personas tiradas en las calle y permaneció impotente al lado de algunas, deseando que los Ángeles de las Marquesinas aparecieran. Finalmente, una noche, cuando ya regresaba desanimado a casa, Paiva vio a la pareja de caritativos levantando del suelo un cuerpo tirado en la banqueta, y se acercó. He seguido su trabajo y me gustaría colaborar, dijo. No obtuvo respuesta, como si los Ángeles de las Marquesinas absortos en su trabajo, no lo hubieran escuchado. De la ambulancia saltó un hombre canoso, que ayudó a la pareja a meter al infeliz inconsciente en una especie de camilla, dentro del vehículo. Entonces la mujer, con lentes de persona muy miope, cabello recogido en un chongo y apariencia de maestra jubilada, le preguntó que qué era lo que Paiva quería.

—Él le repitió que le gustaría ayudarlos en aquel trabajo.

—¿Cómo?, preguntó la mujer.

—Como a ustedes les parezca mejor, dijo Paiva. Dispongo de tiempo y todavía tengo bastante energía. Iba a agregar que poseía recursos financieros, pero pensó que era mejor dejarlo para después. Por favor, me gustaría tener un teléfono y su dirección para visitarlos.

—Usted nos da su teléfono y nosotros nos comunicamos, dijo el hombre canoso que parecía el líder del grupo. Anote el teléfono del señor, doña Dulce.

—¿Pertenecen a alguna entidad de servicio social ligada al gobierno?

—No, no, contestó doña Dulce, apuntando el teléfono de Paiva, somos una organización particular, queremos evitar que estas personas mueran abandonadas en las calles. 

—Pero no nos gusta la publicidad, dijo el hombre canoso, la mano derecha no debe saber lo que hace la izquierda.

—Así es como se debe ser caritativo, dijo doña Dulce.

Durante una semana Paiva esperó ansioso a que lo llamaran sin salir de casa. Tal vez perdieron mi teléfono, pensó. O andan tan ocupados que ni siquiera han tenido tiempo para hablarme. Consultó el directorio telefónico, pero ninguna de las organizaciones de beneficencia que encontró era la que buscaba. Lamentó no haberse fijado más en la ambulancia; debía tener una identificación que podría haberlo ayudado ahora. Tal vez era conveniente buscarlos por las calles. Sabía que los Ángeles de las Marquesinas hacían su trabajo de asistencia por las noches. Así que Paiva volvió a recorrer las calles todas las noches, esperando, junto a los cuerpos tirados, que ellos aparecieran. Una noche, en medio de otra de sus caminatas, Paiva vio de lejos la ambulancia parada con dos ruedas sobre la banqueta. Corrió y allí estaban los Ángeles de las Marquesinas inclinados sobre el cuerpo inerte de un muchacho.

—No me han hablado, los busqué en el directorio telefónico, no sabía cómo encontrarlos…

Los Ángeles parecieron sorprenderse con la presencia de Paiva.

—Doña Dulce, dijo Paiva, casi puse un anuncio en el periódico para encontrarlos. Doña Dulce sonrió.

—Vivo solo, mi esposa murió, o tengo parientes, estoy completamente libre para colaborar con ustedes. Serían como una nueva familia para mí.

—Doña Dulce sonrió otra vez, arreglándose los cabellos pues se le había soltado el chongo.

—El hombre canoso salió de la camioneta y preguntó, ¿la señora perdió su dirección, doña Dulce?

—La mujer se quedó un rato callada, como si no supiera qué decir. Sí, contestó finalmente.

—Déjeme apuntarla otra vez. El hombre escribió el nombre y el teléfono de Paiva en un block. No nos gusta la publicidad, dijo, como si se disculpara.

—Lo sé, la mano derecha no debe saber lo que hace la izquierda, dijo Paiva.

—Ésa es nuestra filosofía, dijo el hombre, no se preocupe, yo mismo me voy a encargar en persona de entrar en contacto con usted.

—¿Prometido?

—Quédese en casa esperando, dentro de poco lo llamaré. Entre más gente nos ayude, mejor para nosotros. Mi nombre es José, dijo, tendiéndole la mano en un saludo.

Al día siguiente, Paiva recibió la llamada que tanto esperaba. Satisfecho, reconoció la voz de doña Dulce diciendo que había sido aceptado para trabajar en el grupo. Necesitaban personas como él para colaborar, y tenían prisa. ¿Podría encontrarse con ellos esa noche en el mismo lugar? ¿Bajo la misma marquesina?, preguntó Paiva, y doña Dulce confirmó, sí, bajo la marquesina a la misma hora. No hay mejor lugar para encontrar a los Ángeles de las Marquesinas, dijo Paiva. Pero la voz del otro lado no reaccionó a su comentario.

Paiva llegó temprano, apenas había caído la noche sobre la ciudad, y esperó a la ambulancia. En ella sólo venía José.

—No sabe qué feliz estoy con su decisión, dijo Paiva, acercándose a la ambulancia y verificando que no tenía en ningún lado letras o números que la identificaran.

—Entre, por favor, dijo José al volante. Paiva abrió la puerta y se sentó a su lado. Voy a llevarlo a nuestra sede para que conozca mejor nuestro trabajo, dijo José, Muchas gracias, dijo Paiva, no sé cómo agradecerles lo que están haciendo por mí, mi vida estaba muy vacía.

José, que manejaba de prisa, pero debía ser así que se manejaban las ambulancias, en un momento dado sacó del bolsillo unos cigarrillos y le preguntó si le molestaba el humo, Paiva le contestó que no, que podía fumar. A excepción de este breve intercambio de palabras, el viaje transcurrió en silencio. Finalmente llegaron a su destino, los portones se abrieron, la ambulancia entró y paró en un patio donde, además de algunos coches, había una motocicleta. Cerca de ella, un motociclista con chamarra, guantes y casco negro, el visor bajado ocultando el rostro, andaba impaciente de un lado a otro.

—El director no debe tardar. Mientras tanto, le vamos a enseñar nuestras instalaciones, dijo José, tan pronto bajaron de la ambulancia. Vamos a empezar por la enfermería.

Paiva caminó por el pasillo, ahora acompañado también por dos enfermeros. Cuando llegaron a la pequeña enfermería se quedó impresionado con la limpieza del lugar, de la misma manera que había admirado antes la inmaculada blancura del uniforme de los enfermeros. Desde la muerte de su mujer, era la primera vez que se sentía plenamente feliz. En ese momento, los dos enfermeros lo sujetaron y lo colocaron amarrado en una camilla. Sorprendido, asustado, Paiva ni siquiera alcanzó a reaccionar. Le pusieron una inyección en el brazo. ¿Qué…? Logró decir, pero no terminó la frase. Le quitaron toda la ropa y lo llevaron en la camilla a un baño. Allí le lavaron todo el cuerpo y lo esterilizaron. A continuación, Paiva fue llevado en un quirófano donde lo estaban esperando dos hombres con bata, guantes y mascarillas. Lo colocaron en la mesa de cirugía y enseguida lo anestesiaron. Un enfermero llevó de inmediato al laboratorio de al lado la sangre que le sacaron del brazo.

—¿Qué es lo que se puede aprovechar de éste?, preguntó uno de los enmascarados, la voz ahogada por la tela que le cubría la boca. De seguro las córneas, contestó el otro, después comprobamos si el hígado y los pulmones están en buenas condiciones; uno nunca sabe.Quitaron las córneas y las pusieron en un recipiente. Enseguida destazaron el cuerpo de Paiva. Tenemos que trabajar rápido, dijo uno de los enmascarados, el motociclista espera para llevar los pedidos.***

 

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Vía Sinaloa lee


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